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«Homo erectus» ¿humano?

Antonio Cruz, Doctor en Biología

La paleontología evolucionista reconoce la especie Homo erectus, que significa “hombre que caminaba erguido,” como perteneciente ya a un verdadero ser humano que poseía su cultura propia. Desde que el médico holandés, Eugene Dubois, encontrara en 1892 su famoso Pitecanthropus erectus en Trinil (Java), se han venido descubriendo numerosos fósiles atribuidos a Homo erectus en Asia, Europa y África. La razón principal por la que se le considera más primitivo que Homo sapiens es su capacidad craneal y el prominente arco superciliar.

El volumen de su cerebro oscilaba entre 800 y 1.250 centímetros cúbicos. Esto lo sitúa dentro del rango inferior del ser humano, cuya dispersión actual oscila entre los 700 y 2.200 c.c. No obstante, muchas personas que viven en la actualidad, como los pigmeos y otras etnias, poseen el mismo volumen craneal que Homo erectus.

También las hay que presentan prominentes arcos superciliares como los aborígenes australianos y, a pesar de ello, son auténticos seres humanos capaces de desarrollar los mismos niveles intelectuales que cualquier otro grupo humano. La neurobiología ha demostrado que la forma del cráneo o el tamaño del cerebro en los seres humanos no están necesariamente relacionados con la capacidad intelectual. Muchos esqueletos atribuidos a esta especie son idénticos a los de los hombres actuales, como el del niño de Turkana, que fue encontrado cerca del lago Turkana en Kenya.

El propio paleontólogo, Richard  Leakey, se vio obligado a reconocer que las diferencias existentes entre Homo erectus y Homo sapiens, no son mayores que las que puedan existir entre razas humanas distintas:

“Uno debería ver también las diferencias en las formas del cráneo, en el grado de profusión del rostro, en la prominencia de las cejas, etc. Estas diferencias probablemente no son más pronunciadas que las que vemos hoy día entre razas humanas alejadas geográficamente. Tales variaciones biológicas surgen cuando las poblaciones están apartadas geográficamente durante una cantidad de tiempo significativa”

(Leakey, 1981)

El mismo error que se cometió al intentar humanizar los australopitecos y el Homo habilis, se ha hecho también con Homo erectus pero al revés, animalizándolo. Sin embargo, a pesar de tantas reconstrucciones e ilustraciones divulgativas influidas por el evolucionismo, en las que Homo erectus aparece con aspecto simiesco, a medio camino entre los simios y el hombre, lo cierto es que se trata de una auténtica raza humana. Hay un gran vacío fósil, así como una notable distancia intelectual, entre él y cualquier otro australopiteco u Homo habilis. El género Homo aparece de golpe y la paleontología actual reconoce que su origen es enigmático e incierto. Por mucho que se procure aproximar los simios a las personas, la verdad es que la propia ciencia de los fósiles se resiste a ello.

No hay señales de transición gradual entre Homo habilis y Homo erectus ya que ambas especies aparecen en los estratos casi a la vez. Esto significa que coexistieron en el mismo tiempo. Tampoco se conoce transición alguna entre Homo erectus y cualquier otra especie de su mismo género (Homo ergaster, Homo sapiens, Homo neanderthalensis, Homo antecessor, Homo rhodosiensis u Homo heidelberguensis). Los árboles evolutivos y las relaciones entre especies se construyen de manera hipotética pues están basados en meras conjeturas o asunciones previas. La realidad es que las especies siempre permanecen estables durante millones de años, nunca se observan evidencias de transición entre una especie y otra.

Por lo que respecta a la capacidad craneal, tan utilizada en esta disciplina, es necesario reconocer que existe una gran variabilidad dentro de las distintas etnias humanas actuales. En ocasiones, el evolucionismo se ha basado en el tamaño del cerebro para construir árboles genealógicos y trazar relaciones de parentesco evolutivo entre las diferentes especies fósiles y el hombre actual. Sin embargo, la realidad es que nuestra capacidad craneal es muy amplia. Cuando se analiza el cráneo de las diversas razas humanas que existen en la actualidad, éste oscila entre los 700 centímetros cúbicos de capacidad hasta cerca de los 2.200 c. c. Y además, dicha variación no tiene nada que ver con la inteligencia de las personas. Tan inteligente, o torpe, puede ser un individuo que pertenezca al rango inferior como al más elevado. Esto constituye un poderoso argumento a tener en cuenta a la hora de atribuir inteligencia a las especies fósiles.

La capacidad craneal media de los orangutanes actuales está alrededor de los 400 c. c., la de los chimpancés en 450 c.c. y la de los gorilas en unos 500 c. c.. En el ser humano ésta alcanza los 1.750 c. c. Los antropólogos han elaborado distintos índices de cefalización, comparando el peso del cerebro con el total del individuo, o con la médula espinal, o la proporción entre las áreas prefrontales del córtex y la totalidad de éste, etc. De tales estudios surgió el índice de cefalización de Schenk (Pinillos, 1995: 32) que expresa con claridad el enorme salto que nos separa del chimpancé, que es el simio más cercano a nosotros en cuanto a índice de cefalización. Otros indicadores, como los neopaleales y cerebelosos de Witz, muestran que en su dotación cerebral el ser humano supera a los antropoides más parecidos, en cifras tal altas que están por encima del 300%. Tales datos resaltan las notables diferencias que nos separan de los simios, a pesar de lo que en ocasiones se nos intenta hacer creer por parte del evolucionismo.

El volumen craneal medio de los Australopithecus era semejante al de los simios actuales, rondaba los 600 c. c. Es decir, estaba en el rango propio de los monos. Sin embargo, el del los fósiles pertenecientes al género Homo, como Homo erectus, superaba ya los 1.000 c. c. Por ejemplo, el hombre de Java y el de Pekín, que se consideran miembros de dicha especie, alcanzaban capacidades medias de 1.300 c. c., mientras que el hombre de Neandertal y el de Cro-Magnon llegaron incluso a superar la capacidad craneal del hombre moderno.

Todos tenían un volumen cerebral que estaba dentro del rango que incluso en la actualidad poseemos las personas. A pesar de las pretensiones de la teoría Darwinista, y reconociendo las limitaciones de equiparar tamaño cerebral con inteligencia, lo cierto es que el análisis del volumen del cerebro muestra claramente lo que venimos defendiendo hasta ahora, que no hay evidencia de transición gradual entre los fósiles pertenecientes a simios y los fósiles humanos. Los hechos confirman la existencia de dos grandes grupos fósiles diferentes, el de los monos y el de los hombres. Pero no, el de los “hombres-mono” que predica el evolucionismo. El ancestro común está hoy más perdido que nunca.

Es frecuente oír acerca de los “grandes parecidos” que existen entre algunos simios de la actualidad y los seres humanos. Se dice, por ejemplo, que desde el punto de vista genético los chimpancés se parecen a nosotros en un 98%. Y es verdad. A primera vista, esto parece reforzar la idea de que ellos y nosotros somos parientes cercanos que habríamos descendido por evolución a partir de un antepasado común.

No obstante, ante las evidentes diferencias que hay entre un mono y un científico, por ejemplo, quizás sea interesante preguntarse por esa “pequeña” diferencia del 2%.

Uno de los descubrimientos que más sorprendió a los antropólogos evolucionistas fue el hecho de que tanto chimpancés, como gorilas y orangutanes tuvieran 24 pares de cromosomas en cada una de sus células, mientras que los humanos sólo poseyéramos 23. El hombre constituye precisamente la única excepción entre el resto de los primates porque posee un par menos. Esta diferencia hace que las personas puedan ser consideradas como seres únicos. ¡Un par de cromosomas menos y ese misterioso dos por ciento distinto, deben ser características tremendamente importantes!

A ellas se debe que nazcamos completamente indefensos y con un pequeño cerebro que sólo representa el 25% de su volumen definitivo, para que después, fuera del claustro materno, pueda desarrollarse plenamente por encima de las posibilidades de cualquier simio, permitiendo así la educación y la cultura. A tales desigualdades génicas se deben también características propias, como que podamos andar erguidos, pensar, hablar, trabajar con las manos y creer en Dios. El gorila, por ejemplo, construye cada noche un nido de ramas que desaparece a los pocos días sin dejar rastro alguno. Sin embargo, el hombre siempre deja huellas indelebles de su presencia. Puntas de flecha, piedras de sílex talladas, pinturas rupestres, arte, cerámica, construcciones, enterramientos, etc. El entorno habitado por el ser humano tiene memoria y permite ser estudiado, mientras que el de los monos es casi estéril.

El hombre es la única especie verdaderamente ubicua, adaptada a todos los ambientes y capaz de transformarlos en beneficio propio. La conciencia que tiene de sí mismo le lleva a saber que debe morir y que su propia esencia no puede ser explicada solamente como materia natural. La existencia del alma como realidad trascendente, sinónimo de vida, psiquismo, espiritualidad, apertura a lo sobrenatural, es una característica fundamental del hombre que no se da en el resto de los primates ni en ningún otro animal, y que no puede ser pasada por alto. ¡Después de todo, esa diferencia del dos por ciento no parece tan insignificante!

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