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El Origen del Cosmos

Antonio Cruz, Doctor en Biología

La Biblia afirma que en el principio Dios creó los cielos y una tierra vacía que carecía de orden. El Génesis enseña que las tinieblas cubrían los abismos del planeta, mientras el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas primigenias, hasta que el Creador dijo: “Sea la luz”.

La mayoría de los astrónomos actuales, sin embargo, hablan de la Gran Explosión de un misterioso átomo primitivo que lanzó al espacio toda la materia de los millones de estrellas que constituyen el universo.

Vacío, oscuridad, abismo y Espíritu de Dios frente a superátomo primordial, Big Bang, expansión y radiación de fondo.

De una parte, el magistral fresco de la creación de Miguel Ángel en el techo de la capilla Sixtina; de la otra, los documentales de la serie Cosmos para la pequeña pantalla, firmados por el popular Carl Sagan.

¿Es posible combinar ambas visiones en una sola o estamos condenados los creyentes a sufrir la esquizofrenia permanente entre nuestra fe y nuestro respeto a la racionalidad científica? ¿no queda más remedio que calificar de mito los once primeros capítulos del Génesis? ¿es realmente ciencia todo lo que lleva el sello del Big Bang?

Verdaderamente la ciencia pretende explicar cómo ocurren o han ocurrido las cosas, mientras que la fe procura responder al porqué y al sentido profundo de la realidad.

No obstante, esto no significa que se deba despojar a la Escritura de su contenido real, sea éste de carácter histórico, objetivo o espiritual, ni tampoco considerar que todas las propuestas científicas han de ser necesariamente contrarias a la fe. Se trata de dos ámbitos diferentes pero complementarios. Es cierto que la teoría cosmológica del Big Bang tiene poco que ver con el relato de la creación del Génesis y, por lo tanto, no es capaz de demostrarlo o refutarlo. La ciencia crea hipótesis que se desprenden de ciertos hechos naturales observados, mientras que el relato bíblico es una historia santa revelada por Dios al hombre.

Por tanto, interpretar el Big Bang como una demostración de la fe tiene sus riesgos. Buscar paralelismos entre las suposiciones científicas y el relato bíblico es, desde luego, algo legítimo pero que conviene hacer con extremada cautela. Una cosa es la creación real del mundo a partir de la nada, tal como fue llevada a cabo por el Altísimo, algo que escapa y escapará siempre a la ciencia física, pues pertenece al ámbito de la fe religiosa, y otra muy diferente serían las hipótesis o teorías científicas cambiantes que intentan comprender cómo han ocurrido las cosas.

El matrimonio entre la fe y las hipótesis cosmológicas tiene muchas posibilidades de acabar en divorcio porque mientras, “la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías  40:8), las explicaciones humanas son frágiles, variables, se superponen y cambian como la hierba de los campos.

Por la fe entendemos que el universo fue creado por Dios y es mantenido gracias a su inmenso poder y amor. Sin embargo, esto no puede ser demostrado por dato o experimento humano alguno. A lo sumo sería posible descubrir indicios o señales de un diseño sabio. Si el Creador planificó de manera ingeniosa, sería lógico encontrar evidencias de tal proyecto, aunque éstas podrán ser objetadas por quienes no quieran aceptarlas. Siempre será posible argüir que el diseño es aparente o que deben existir misteriosas leyes naturales, todavía por descubrir, capaces de generar orden y complejidad sin necesidad de un Creador sobrenatural. Con razón dice la Biblia que sin fe no es posible llegar a Dios, ni agradarle.

Por desgracia, mientras el mundo exista habrá personas que preferirán la necedad de su ateísmo a la verdad de Dios y antepondrán sus propios razonamientos a cualquier evidencia trascendente. Esto es así desde los días del apóstol Pablo (Romanos 1:18-25.) Afortunadamente, también seguirá habiendo creyentes sinceros. Aquellos que sepan levantar los ojos a los cielos y ver en la creación, las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad. Para ellos continuará siendo importante cualquier estudio científico que resalte el diseño del mundo natural y evidencie la necesidad de una mente inteligente que ha creado y prosigue controlando todo el cosmos.

En definitiva, no se trata de la pugna entre fe y razón, o entre superstición y ciencia, sino de la antigua contienda entre creer en Dios o ser ateo.

No obstante, lo que resulta cada vez más evidente es que, así como hace algunas décadas las conclusiones científicas descartaban o ignoraban sistemáticamente la existencia de un Creador del cosmos, hoy la nueva ciencia se abre de par en par a la posibilidad de la fe y a la necesidad de un Ser inteligente que es el origen del cosmos.

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