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La Placenta es Antidarwinista

Antonio Cruz, Doctor en Biología

El órgano fundamental, que sirve para distinguir entre los principales grupos de mamíferos, es sin duda, la placenta. Pues bien, no es posible explicar la placenta mediante la teoría de la evolución. Veamos por qué.

Su presencia o ausencia permitió a Linneo en el siglo XVIII clasificar por separado los mamíferos placentarios o Euterios de los marsupiales o Metaterios.

Todos los mamíferos que como el canguro carecen de placenta, vienen al mundo en un estado realmente precario. Nacen muy pronto y por lo tanto, su cuerpo tiene reducidas dimensiones. Desde el orificio materno por donde han visto la luz deben trepar trabajosamente hasta la bolsa marsupial. La madre no suele ayudarles demasiado en este viaje. Si, accidentalmente llegaran a desviarse de su camino, ésta contemplaría impasible la escena, lamiéndose, a lo sumo, la piel de la región, para facilitar el ascenso, pero sin recoger al pequeño, si éste llegara a caerse. Los embriones que felizmente superan la prueba y consiguen alcanzar la enorme bolsa, son recompensados de inmediato. Una glándula mamaria con nutritiva leche les espera en el fondo del marsupio. En cuanto llega, el pequeño cangurito abre la boca desesperadamente y empieza a tragar el fluido vital. Allí permanecerá chupando hasta que esté en condiciones de sacar la cabeza de la bolsa y observar el mundo que le rodea.

Todas estas dificultades se las ahorran los mamíferos placentarios. Los seres humanos, por ejemplo, podemos permanecer hasta nueve meses en el claustro materno. Pero desde luego, no somos los que batimos el récord. Nos supera la jirafa con 15 meses y el elefante índico con casi 23 meses de gestación. Claro que aquí influye decisivamente el tamaño corporal. Durante todo este periodo de desarrollo embrionario se van completando las estructuras del individuo y al producirse el parto, éste está más preparado para valerse por sí mismo. Las jirafas recién nacidas tardan sólo una hora en empezar a caminar y seguir a sus madres.

La placenta es pues un órgano ventajoso para los animales que lo poseen y sumamente interesante desde el punto de vista zoológico. Las funciones que realiza son variadas. Por una simple diferencia de presión, el embrión es capaz de absorber oxígeno y eliminar dióxido de carbono a través de ella. Los glúcidos la atraviesan sin obstáculo, mientras que las proteínas son seleccionadas meticulosamente. La placenta no es simplemente un filtro, sino un dispositivo capaz de seleccionar lo que conviene y lo que no. Puede expulsar los desechos del embrión y fabricar varios tipos de hormonas. Desde la perspectiva de la anatomía comparada, la placenta sería evidentemente un órgano homólogo en todas las especies de mamíferos que la presentan. Su estructura fundamental en los placentarios sugeriría, según la concepción evolucionista, un origen común de todos ellos. La propia definición de homología, impone la condición de que los órganos homólogos, deben tener un valor evolutivo. Si se les niega tal valor el mismo concepto de homología no tiene sentido.

Sin embargo, cuando se pretende profundizar en el estudio de la placenta en los diferentes órdenes de mamíferos, sorprenden las declaraciones del eminente profesor de zoología, el Dr. Grassé . Cuando explica los tipos de placenta dice:

“Este órgano embrionario, medio materno, medio fetal, presenta grandes diferencias estructurales de un orden de mamíferos a otro. Estas diferencias no parecen tener un valor filogenético importante.”

(Grassé , 1978)

¿Cómo es posible que las diferencias entre órganos homólogos no tengan valor evolutivo? La anatomía comparada reconoce, en los mamíferos cuatro tipos de placenta. Las diferencias que permiten tal clasificación se basan fundamentalmente en el número de capas de tejidos celulares que separan la sangre del embrión de la sangre materna.

En la placenta “epiteliocorial” seis capas separan las dos sangres. Este tipo se da en caballos, camellos, cerdos, delfines y demás cetáceos, algunos rumiantes y la mayoría de los simios. La placenta “sindesmocorial” posee cinco capas y es propia de ovejas, vacas, antílopes y ciervos. Cuatro capas separan las sangres materna y filial en la placenta “endoteliocorial”, que se da en los carnívoros tales como perros, gatos, osos, focas y todas las demás familias, así como en los insectívoros al que pertenece el topo. Finalmente la placenta “hemocorial” con sólo tres capas y que los seres humanos compartimos con los monos antropomorfos pero también con ratas, conejos, erizos, murciélagos, castores, cobayas y elefantes. ¿Se puede entender todo esto? ¿Tiene sentido evolutivo o filogenético todo este puzzle evolutivo? Con razón se afirma que no parecen tener valor evolutivo. Si alguna cosa demuestra el estudio comparado de la placenta es que no existe una gradación evolutiva de lo simple a lo complejo en los mamíferos actuales. No se puede distinguir entre placentarios primitivos y evolucionados.

¿Qué tipo de placenta debería poseer el antepasado común de los mamíferos placentarios? ¿Hay algún tipo de estos cuatro que sea más primitivo que los demás? Vogel y Angermann responden que no. Para decirlo en sus propias palabras:

“No puede decirse que la serie de familias de mamíferos vivientes, provistos de una placenta epiteliocorial, sean formas primitivas; al contrario, están extremadamente especializadas, como lo demuestran su estructura fisiológica y sus funciones. Los grandes ungulados con placenta epiteliocorial tienen un período de gestación tan largo como el del hombre y dan a luz crías que están muy desarrolladas”.

(Vogel y Angermann, 1974)

Sin embargo, existen autores que parecen negarse a aceptar la evidencia de los hechos y prefieren ver grados de perfección entre los diferentes tipos placentarios. Nuestro ilustre paleontólogo, el Dr. Miguel Crusafont, de quién tuve el privilegio de ser alumno en la Universidad de Barcelona, decía:

“...la característica de una placenta homocorial que representa un grado más perfecto dentro del tipo endoteliocorial, ya que en ella las vellosidades del corión se bañan en las lagunas de sangre materna, asegurando así todos los intercambios tróficos entre el embrión y la madre. Este estadio es ya el que algunos órdenes de Mamíferos, entre ellos los Primates, de manera que es el que corresponde al hombre”.

(Crusafont, La evolución, 1976)

Pero lo que no se dice es que además de los primates este tipo homocorial de placenta, se da también en ratas, conejos, erizos, murciélagos y elefantes. Si se tienen en cuenta los hipotéticos “grados de perfección” ¿Cómo explicar filogenéticamente que los ratones sean más perfectos que los perros o los delfines inferiores a los conejos? ¿Por qué un erizo o un murciélago deben tener una placenta más perfecta que un camello o un lémur de Madagascar?

Cuando se hacen tales afirmaciones incompletas se corre el peligro de confundir o faltar a la verdad. Veamos un ejemplo. El famoso evolucionista Sir Gavin de Beer , intentando argumentar la afinidad entre el hombre y los monos antropomorfos, afirmaba que:

“La placenta del gorila es tan similar a la del hombre, que es casi imposible distinguirla”

(de Beer , 1970)

Pero lo cierto es que también es similar a la del cobaya, del castor y del topo. ¿Por qué no se añaden estos datos?

Las diferencias que muestra la placenta en los mamíferos no permite definir las características del hipotético antepasado común, sino que constituye una evidencia contraria a la evolución de los mamíferos placentarios. No todos los ejemplos que pueden citarse de órganos homólogos demuestran vínculos evolutivos. Lo que ocurre es que tales homologías son descartadas de las listas de evidencias o simplemente se silencian porque no responden a las expectativas evolucionistas.

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